Durante nuestros diferentes viajes para descubrir el Casanare, tuvimos la suerte de visitar numerosos hatos, esas fincas gigantescas tan típicas de los Llanos, en la región de la Orinoquía de Colombia
A primera vista, estas explotaciones ganaderas podrían parecer incompatibles con la preservación de la fauna silvestre. Sin embargo, albergan algunas de las concentraciones de animales más altas del país.
En este artículo te contaremos por qué los hatos del Casanare funcionan como verdaderas reservas naturales llenas de vida.
Contenido
Para preparar tu viaje al Casanare
- Por qué viajar al Casanare
- Cómo vivir un safari llanero
- Guía práctica para el Casanare
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Qué es un Hato

Un Hato es básicamente una finca ganadera de más de 1000 hectáreas. Gracias a la ausencia total de construcciones y presencia humana, los Hatos han actuado como inmensas reservas naturales albergando una biodiversidad sorprendente y que los ha transformado hoy en día en un verdadero atractivo turístico.
Pero no te confundas: los Hatos son ante todo fincas ganaderas. Funcionaban en total autonomía y empleaban muchísimos trabajadores.
Hay que entender el contexto: cuando estas tierras empezaron a explotarse, la sabana se extendía infinitamente y había sido declarada «Tierra Brava». Cada quien era libre de instalar su finca, criar sus vacas sueltas, deforestar los alrededores y expandir su territorio sin límites, hasta encontrarse con otro campesino y acordar una frontera imaginaria entre las dos propiedades.
El ganado criado en libertad podía recorrer kilómetros enteros, por eso se construían otras cabañas repartidas por toda la propiedad. Estas casas servían para marcar divisiones y permitían que los jinetes que iban tras el ganado descansaran en el camino. ¡A veces eran varios días de distancia a caballo!
Dato curioso: la «Ley del llano» permitía que cualquiera que encontrara una vaca sin marcar podía quedarsela, siempre y cuando lograra atraparla con el lazo.
Una ganadería extensiva compatible con los ecosistemas
Aunque hoy el tamaño de algunos Hatos del Casanare ha disminuido, siguen siendo propiedades enormes —algunos conservan miles de hectáreas—, lo que podría hacerte pensar en ganadería intensiva. Pero la realidad es completamente distinta.
La ganadería en los llanos siempre ha sido tradicional y extensiva: las vacas pastan libremente en la naturaleza, alimentadas solo con pasto y sal. Se le dice ganadería extensiva porque los espacios son tan vastos que el impacto sobre los ecosistemas es mínimo, gracias a la densidad baja de animales por hectárea.
Este equilibrio entre actividad humana y naturaleza permitió que la biodiversidad local se mantuviera parcialmente con el paso del tiempo. Con los años, a medida que los ganaderos han tomado conciencia y llegó el turismo, varios hatos se constituyeron oficialmente como reservas naturales de la sociedad civil, fortaleciendo aún más su capacidad de conservar este equilibrio frágil.












Medios naturales favorables a la fauna
Si no conoces la región, se podría imaginar que el Casanare es apenas una pradera inmensa, fruto de la deforestación para meter ganado: un solo ecosistema pobre en biodiversidad, vacío de vida… Y nada más alejado de la realidad.
El Casanare alberga algunos de los ecosistemas más importantes de Colombia: sabanas inundables y bosques de galería que rodean los ríos. Estos espacios naturales prácticamente intactos existen desde hace milenios y cumplen un papel fundamental para el clima colombiano, el ciclo del agua y la creación de corredores ecológicos para la fauna.
Las dinámicas provocadas por la alternancia entre épocas secas y húmedas —que inundan temporalmente la sabana— regulan todos los equilibrios de la vida animal: reproducción, migración, alimentación.
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Una ocupación humana sin ruptura ecológica mayor
Como en el resto de Colombia, el Casanare estuvo históricamente habitado por comunidades indígenas: los pueblos Yaruro, Yamalero, Sikuani, Sáliba, Wamonae, Maiben Masiware, Tsiripo, Wipijiwi, Amorua y Piapoco. Hoy estas comunidades están amenazadas y parcialmente reagrupadas en el Resguardo Indígena de Caño Mochuelo, ubicado al oriente del departamento.
Desde la época colonial, el territorio se fue poblando lentamente con nuevos habitantes a través de diferentes oleadas de colonización, que casi siempre generaron enfrentamientos violentos con las comunidades indígenas por el control de las tierras.
Este poblamiento gradual tuvo sus últimas oleadas a finales del siglo XX, impulsadas sobre todo por los desplazamientos masivos causados por la violencia y el conflicto armado. Para que te des una idea: hasta los años 80 todavía había en el Casanare tierras «baldías» —sin dueño legal— que cualquiera podía «colonizar» y declarar como propias ante la ley.
Como ya te contamos, esta colonización se construyó principalmente a través de la creación de inmensas fincas ganaderas cuyos espacios naturales permanecieron prácticamente intactos.
Así que, por naturaleza, la ocupación humana se desarrolló durante mucho tiempo sin provocar una ruptura ecológica importante. Todo cambió a partir del año 2000, cuando la extracción petrolera y el cultivo intensivo de arroz empezaron a transformar el paisaje. Como respuesta —y también motivados por las oportunidades turísticas—, varios hatos decidieron constituirse oficialmente como reservas naturales de la sociedad civil.
Actualemente el Casanare tiene más de 123000 hectareas protegidas. Es el departamento con la mayor extensión de reservas naturales privadas de Colombia
Por qué los hatos son reservas naturales por esencia

El Casanare no tiene parques naturales nacionales, pero cuenta con numerosas reservas naturales de la sociedad civil. Esta formalización les permitió a varios hatos protegerse de intereses extractivistas y de la compra por grandes empresas arroceras. Otros aprovecharon para comprometerse más profundamente con la conservación, participando en programas de protección del jaguar mediante corredores ecológicos.
Pero cómo ya lo dijimos antes, los hatos tradicionales siempre cumplieron, por su propia naturaleza, un papel de protección de la biodiversidad, incluso antes de convertirse oficialmente en reservas.
Seamos honestos: durante mucho tiempo, la conciencia ecológica no fue lo que motivó a los propietarios. Más bien fue una consecuencia de las condiciones del terreno —dominios inmensos y difíciles de intervenir— que el resultado de convicciones ambientalistas.
Históricamente, los principales conflictos entre fauna silvestre y humanos en los llanos han sido por la depredación del ganado y otros animales domésticos por jaguares y pumas.
Por su gran tamaño y sus hábitos carnívoros, el jaguar necesita ecosistemas amplios y bien conservados, con presas abundantes y variadas para sobrevivir. Al introducir prácticas productivas en el hábitat de estos felinos, el ser humano redujo la disponibilidad de sus presas naturales. La pérdida continua de hábitat y la caza ilegal terminaron mermando sus poblaciones.
Apenas desde 2010 se han desarrollado programas de protección del jaguar en colaboración con hatos voluntarios, creando corredores ecológicos donde se monitorean los ejemplares.
Experiencias en el Casanare relacionadas con los hatos
Visita los hatos y reservas lideradas por actores locales
Un proyecto de turismo comunitario que apoya los llaneros
Turismo responsable
Recurrir a los servicios de la agencia de Yovana es apoyar un proyecto de turismo comunitario pionero en el Casanare, que ha logrado unir a muchas familias de vaqueros de la región. Los guías formados a lo largo de los años son verdaderos llaneros, apasionados por su territorio. Yovana propone experiencias auténticas para sumergirse de lleno en la cultura llanera y en la increíble fauna silvestre del Casanare.






